sábado, 14 de junio de 2014

De cómo estudiar la formación social venezolana y mantenerse optimista

Por Andrea Ojeda
Los venezolanos tenemos una idiosincrasia que lamentablemente hemos internalizado como algo natural, la hemos normalizado y reproducido sin detenernos a pensar en las repercusiones que esto podría tener. Vivimos en lo que José Ignacio Cabrujas, conocido dramaturgo y cronista venezolano denomina el “disimulo”. Elegimos no observar los orígenes de nuestra cultura con un lente crítico y objetivo, ya que es más fácil simplemente vivir de acuerdo a las normas implícitas de nuestra sociedad, sin cuestionarlas.

Ahora bien, la crisis actual de la sociedad venezolana nos debería mover a analizar las bases sobre las cuales esta se construyó. Es necesario redescubrirnos a partir de la historia, identificar los factores de nuestro pasado que nos han configurado de esta manera tan particular. Como dice Angelina Lemmo, historiadora venezolana: “somos juguetes de la ley de causa-efecto”. ¿Cuál es la relevancia de esto? Pues bien, para poder salir del putrefacto pozo de mediocridad, desidia y dependencia en el que se encuentra nuestra sociedad –y que fácilmente podría convertirse en nuestra tumba, deberíamos tomar cartas en el asunto. Para no caer en pesimismos, aunque posiblemente ya sea muy tarde, hay que intentar transformar esta herencia tan complicada que se nos ha legado en energía positiva.

Cabe destacar que las bases de nuestra conformación como sociedad son innumerables, muy complejas y con una gama de consecuencias diferentes. Por tanto, este trabajo intentará mostrar una aproximación inicial a algunos factores y no ambiciona, ni mucho menos, dibujar el cuadro completo de este tema. Sin duda harían falta varios tomos para abarcarlo en toda su complejidad.

Comencemos por un año importantísimo para la historia de lo que llegaría a ser América, pero no sólo para nosotros, sino también para España y el resto de Europa. Ya sabemos lo que pasó en 1492: Cristóbal Colón se encontró con lo que se denominó el Nuevo Mundo, y a partir de allí comenzó una era de conquista y colonización por parte de España que sentó las bases para la formación de una nueva sociedad en estos territorios exóticos y tropicales. Este tema del impacto del colonialismo es importantísimo para la base social de lo que sería Venezuela, tomando en cuenta que los europeos traían consigo una serie de mitos sobre el Nuevo Mundo, una cantidad de sueños por cumplir, una promesa de aventura con un suculento botín al final…

Entonces, ¿qué clase de hombres fueron los que se aventuraron a cruzar el Atlántico con afán colonizador? Los que Angelina Lemmo denomina como “una fauna cuya principal característica es la picardía”. En España abundaba esta masa de maleantes, pícaros y hampones que buscaban la riqueza rápida, la ganancia sin nada de esfuerzo, y por tanto apetecían la posibilidad de un botín en el Nuevo Mundo que fuera una recompensa a su espíritu aventurero. Esto lo podemos enmarcar en el momento histórico de la bancarrota de los Austria, en el que el pueblo “escogido por Dios” (creencia que había sido firmemente inculcada desde los Reyes Católicos) no quería hacer quehaceres humildes ni oficios remuneradores, la riqueza la veían como premio a la audacia de la conquista.

Son estos hombres llenos de vicios los que se convirtieron en los Amos-Señores del régimen colonial, y esto es determinante. Desde su llegada al continente descansaron en la fuerza de trabajo del otro (especialmente de los esclavos), así se convirtieron en explotadores. Es importante entender que el español odiaba el trabajo porque envilecía, era el sentido común del momento histórico del colonialismo, y que perduró con fuerza hasta las reformas de Carlos III. Ahora bien, ¿qué podemos aplicar de esto a la Venezuela actual? El hecho de que nuestra sociedad naciera en base a la fuerza del trabajo del otro podría ser una explicación al vicio de la dependencia que nos afecta en casi todas las esferas.

El proceso de conquista comenzó con un baño de sangre, en el que asesinaron a diestra y siniestra a la población nativa; pero luego de esto vino el proceso de colonización, que necesitaba de una repoblación para así aumentar la mano de obra y obviamente, la producción. Al español se le permitían muchas cosas que eran consideradas pecado por la Iglesia Católica, pero el clero se puso al servicio de la procreación y se callaron muchos prejuicios; aunado a esto la necesidad imperante de frenar el aumento alarmante del peor de los pecados según la fe católica: la sodomía.

De esta manera, nuestro país fue poblado gracias a un sistema patriarcal polígamo en el que el macho –criollo– vernáculo tenía derecho a embarazar a niñas virginales de 12-14 años y además tener muchos hijos con cuantas esclavas negras e indias quisiera. Y esto se repetía en un ciclo sin fin, ya que el padre enseñaba a sus hijos, especialmente al primogénito, a que fueran tal como él, un orgulloso semi-analfabeta ignorante bueno para nada… Pero eso sí, amo y señor. Es fácil ver qué influencia ha tenido esto en nuestra sociedad actual. Los venezolanos tienen una repugnante tendencia al machismo compulsivo, a la poligamia e infidelidad que se justifica y se excusa. Es una tendencia hacia la misoginia que en pleno siglo XXI debería ser considerada como una vergüenza.

Ahora bien, hay otro aspecto importantísimo que consiste en la provisionalidad de Venezuela. ¿Qué quiere decir esto? Pues bien, después de que los españoles se cansaron de buscar los soñados metales preciosos que se suponía abundaban en nuestro territorio y sólo obtuvieron un fracaso rotundo; lo que más tarde se denominaría Venezuela pierde relevancia y queda como un mero sitio de paso para los conquistadores, que se centraron en otros sitios del Nuevo Mundo que sí tenían potencial minero.

Más adelante, los españoles ven el potencial agrario que tiene nuestro territorio, y comienzan a cultivar algunos rubros para proveer a las zonas mineras. Es en este momento donde comienza a configurarse lo que José Ignacio Cabrujas denomina como “ciudad-campamento”. Dice que Venezuela es un país provisional porque desde el comienzo así se le vio, como algo “mientras tanto y por si acaso”. Esto se denota en su arquitectura colonial, y mucho más si se le compara con la arquitectura de otros países latinoamericanos (por ejemplo, México o Perú), que tiene una profunda solidez y magnificencia que indica que los españoles tenían pensado establecerse allí por mucho tiempo. En cambio nosotros, en Venezuela, observamos lo precario en todos los vestigios de la época colonial; y Cabrujas hace una brillante comparación aquí. Dice que quizás esa ciudad-campamento se ha convertido en un hotel, uno en el que no nos importa quedarnos ni cuidar, no es nuestro hogar. Es sólo un sitio que usamos “mientras tanto, y por si acaso”. Partiendo de esta premisa, Cabrujas elabora su concepto de “Estado del disimulo”, tema muy amplio pero excelentemente explicado por él.
Para concluir, me parece adecuado citar a Vallenilla Lanz, escritor y cronista venezolano:
En las costumbres, en las ideas, en los móviles y prejuicios inconscientes; en las cualidades como en los defectos, en todos los rasgos, en fin, que constituyen el carácter de nuestro pueblo, la herencia colonial se impone con una fuerza incontrastable y subsiste en nuestro ambiente psicológico, como subsiste en la estructura de las ciudades (1930).


Como hemos notado, parece ser que el venezolano absorbió lo peor, lo más negativo de todo lo que implantaron los españoles en el proceso colonizador. Pero queda de parte nuestra tomar riendas de nuestra vida, darnos cuenta de los esquemas construidos por la sociedad en el que vivimos nuestra realidad. Considero que el primer paso para poder mejorar es reconocer dónde estamos parados y por qué estamos parados allí, quitarnos el velo de la autocomplacencia y despojarnos del peor de los vicios: la ignorancia.

viernes, 2 de mayo de 2014

Debate histórico-antropológico: ¿interrelación disciplinaria?

Por Gabriela Chaurio T.

Bastante conocido resulta el refrán: “Un país que no conoce su historia está obligado a repetirla”, entendiendo la historia como imagen del pasado que forma parte de la realidad actual. Sin embargo, muchos serán indiferentes al polémico debate, desarrollado a lo largo del último siglo entre antropólogos e historiadores, enfocado en establecer si existe la posibilidad de delimitar fronteras entre estas dos disciplinas o, si por el contrario, deberían fusionarse en una sola. 

En primer lugar, están quiénes rechazan de manera absoluta algún tipo de asociación entre antropología e historia, argumentando que un antropólogo que se convierte en “historiador” pierde su identidad profesional para adquirir la del antropólogo intruso e infiltrado; seguidamente se encuentran aquellos para quienes historia y antropología persiguen lo mismo, la primera para sociedades del pasado, la segunda para sociedades del presente, pero en definitiva dirigidas ambas a proyectar realidades a un futuro inmediato, muchas veces confundido con el propio presente.

La antropología representa para el Hombre el medio más apto para conocer e interpretar su entorno y su medio de vida, por lo que no es criticable de manera alguna que mientras el ser humano ha ido ampliando su conocimiento se haya planteado la idea de unir Historia y Antropología, formando lo que algunos llaman la "Nueva Historia". 

Mucho más cuando ambas disciplinas presentan diferencias que se tornan tenues ante el escenario práctico, por lo que se sostiene que esta separación sólo se originaría en la costumbre universitaria, creando una barrera académica que allí mismo se derrumba. Sin embargo, existe una necesidad se separar disciplinas que, a simple vista se encargan de delimitar un mismo objeto pero, en la realidad práctica están orientadas a cumplir y desarrollar fines distintos. Dicha necesidad necesidad condiciona esa costumbre universitaria, a la que hace referencia Charles-Olivier Carbonell. Y es aquí cuando florece mi rechazo a perder identidad profesional y convertirme en un sujeto que inmiscuye la nariz en una disciplina independiente a la Antropología, la Historia. 

Siendo la historia, la disciplina que estudia y narra acontecimientos pasados o hechos políticos, sociales, económicos, culturales, de un pueblo, estudiando lo individual,  contingente y eventual; y la antropología,la ciencia que trata los aspectos biológicos y sociales del  hombre,  que estudia formas de la vida colectiva, compara y analiza, sería impensable subsumir lo social dentro de lo individual, entre otras cosas, por los graves problemas que al hacerlo deberíamos enfrentar como estudiosos de la materia.

 Después de que la humanidad haya asumido con entereza problemáticas durante el siglo XX, sujetas a un ámbito espacial y temporal que se ha transformado, resulta necesario preguntarse si no estaremos ante un debate suficientemente superado y más que soluciones lo que ha desencadenado es una serie de planteamientos infértiles. Hago referencia a esto precisamente porque  a partir de la mera conceptualización de ambas disciplinas es posible determinar la interrelación a la que ambas están sometidas, produciendo sus diferencias no un antagonismo sino  una complementariedad, siendo esta, en mi opinión, la principal fuente de confusión y lo que imposibilita precisar de manera clara límites entre ellas. Así lo afirmó el padre del estructuralismo, Claude Lévi-Strauss en Amodio Emanuele (2010, p. 390): “Sólo cuando ambas aborden conjuntamente el estudio de las sociedades contemporáneas, se podrán apreciar plenamente los resultados resultados de su colaboración y se llegará a la convicción de que, en ese caso como en los demás, nada puede la una sin la otra.”, pues a un mismo objeto se le puede atribuir significado y sentido diferente siempre que se vea desde una óptica distinta, ya sea dentro del mismo campo disciplinar y, más aún, en campos diferentes.

Todo lo anteriormente señalado conduce a plantear directamente una solución a un problema tan abiertamente discutido años atrás. Ya no se trata de considerar igual lo que no lo es, subsumiendo una disciplina en otra, tampoco de rechazar absolutamente posibles relaciones, sino de establecer una relación de retroalimentación entre antropología e historia, relación que no las hace dependientes sino que da origen a un trato fructífero, estrecho, pero autónomo. Así como los historiadores proporcionarán a los antropólogos material examinado y comprobado a través de la interpretación; los antropólogos podrán facilitar al historiador del futuro informes basados en observaciones cuidadosas, que han sido comparadas.

En la medida en que los profesionales de cada área estén dispuestos a dejar a un lado el recelo y el rechazo exacerbado, será posible la colaboración entre disciplinas y entenderemos cómo es que  siendo diferentes, también compartimos necesidades que serán resueltas con mayor facilidad si colaboramos unos con otros, recordando que “cuando el antropólogo se dirige al pasado, hace ciertamente historia, pero no se hace historiador; mientras que el historiador que juega a antropólogo no puede triunfar en su ruta más que renunciando a su personalidad científica” (Carbonell, 1993, pp 99-100).

jueves, 27 de marzo de 2014

Acercamiento a la discusión entre antropología e historia

Por Patricia García Seara

Con el paso del tiempo, la ciencia ha buscado volverse más concreta, objetiva, exacta. Esta búsqueda ha llevado a muchas disciplinas a ir un poco más allá de sus métodos convencionales, o incluso al nacimiento de nuevas especialidades. Esto nos lleva a un punto importante, dos disciplinas que han interactuado sin saber que lo hacían, que son unidas y relacionadas en muchas ocasiones y que se han divorciado innumerables veces, la antropología y la historia. Y entonces, me pregunto ¿La antropología es historia? O ¿la historia es antropología?
En primer lugar, la antropología, es la ciencia que se enfoca en el estudio del hombre, de su cultura. Es una ciencia bastante amplia, que gracias a sus métodos de investigación llega a ser una disciplina muy completa. Puede llegar a interpretar y analizar documentos escritos, sin embargo su capacidad de interacción y trabajo de campo le es más viable, y llega a ser incluso participe en la redacción de documentos que pueden ser relevantes en una investigación y utilizados después por disciplinas diferentes u otros antropólogos.
Por otro lado, está la historia. La Historia, es la ciencia que estudia el pasado de la humanidad. Es principalmente una investigación que se realiza a base de documentos, y la interpretación de los mismos. Se enfoca en los hechos y personajes resaltantes que se han destacado a través del tiempo. Y principalmente trabaja aspectos políticos, económicos, sociales y “culturales” (artísticos, religiosos, cotidianos).
Ambas disciplinas, cuentan en teoría con el mismo objeto de estudio, “el hombre y su pasado”. Pero las dos no lo abordan de la misma forma. El tiempo para el antropólogo es tanto un pasado como un presente, porque se enfoca en lo que fue y lo que se mantiene o como dejo de ser, el historiador estudia el pasado y lo que hace es llevar el documento del pasado al presente e interpretarlo. Otro punto es la concepción de diferentes conceptos para los antropólogos y los historiadores, para el antropólogo la cultura es literalmente todo lo que es creado por el hombre, (estructuras sociales, artefactos, pensamientos, artes, religiones, etc...) y como esta cultura lo modifica. Y la historia toma como cultura las artes, y las religiones. Además no tratan a los mismos individuos, la historia se basa en personajes con relevancia e importantes, que hayan estado involucrados en los hechos más resaltantes, mientras que la antropología trabaja con diferentes individuos, sin necesidad de que sean más importantes que otros.
Otro punto es que son disciplinas que pueden ser perfectamente multidisciplinarias. La antropología al realizar sus estudios trabaja en muchas ocasiones con la geografía para obtener información del terreno, de la biología para conocer el ambiente y entorno, la medicina para comprender las enfermedades, incluso matemáticas, física, química, psicología y muchas más. Y lo mismo pasa con la historia, al encontrarse con datos que quizás le son ajenos y necesitan de la revisión de un experto en el área a tratar. Incluso pueden trabajar juntas.
Sin embargo, se muestra bastante controversia cuando hablan de “antropología histórica”. Quizás porque a alguna de las partes involucradas (entiéndase la antropología o la historia) se siente ofendida por el nombre o el apellido que se le ha atribuido. O por el hecho de que son prácticamente hijas del mismo padre Heródoto.
Jean Poirier (1969) en su texto “Una historia de la etnología” hace referencia a esto, ya que, Heródoto, quien era historiador, en sus estudios comenzó a realizar una encuesta etnográfica, en vez de la reconstrucción histórica. Y esto fue un cambio en lo que era el estudio histórico para entonces, de aquellas sociedades de las que se sabía poco. Y es de esa etnología, que se empieza a hacer antropología (aunque no es concebida con este nombre hasta finales del siglo XIX). Porque es con Heródoto que se deja de estudiar desde afuera, deja de ser observador para internarse un poco más en el campo de estudio (sin convertirse aun en una investigación participante) utilizando la encuesta.
Y es aquí donde las partes se muestran inconformes, el historiador no quiere dejar de ser historiador y el antropólogo no quiere dejar de ser antropólogo. Carbonell (1993) dice en su obra “Antropología, Etnología e historia” que un antropólogo hace historia, y no se convierte en historiador, pero un historiador no puede hacer antropología sin dejar de ser lo que es. Bueno, yo considero que debido a los métodos de investigación que usa cada ciencia eso es cierto, porque la historia es un estudio “documental”, pero viéndolo desde el otro punto de vista la antropología no debe ser un estudio meramente documental porque sería convertirse en un “antropólogo de oficina” y eso, en teoría, no es ser antropólogo.
Así mismo, respondo a las preguntas planteadas anteriormente. No se puede creer que la antropología “es” historia o viceversa, son disciplinas distintas y separadas, que abordan un mismo tema (de formas diferentes) pero pueden llegar a ser sumamente complementarias una con la otra.
En relación con esto la antropología histórica, es entonces la fusión de dos grandes disciplinas que estudian al hombre y su pasado, una unión excelente. Y no por eso, deberían de pensar que dejaran de ser lo que son. Considero que habrá historiadores que preferirán continuar con sus investigaciones de la convencional, y antropólogos que opinaran igual. Sin embargo, pienso que las ciencias evolucionan, al igual que lo hace el universo y nosotros mismos constantemente. Los cambios no siempre son malos, e incluso uniones como esta podrían llegar hacer la diferencia.
Así pues, cuando me hacen la pregunta ¿antropología o historia?, debemos estar seguros de a que nos vamos a referir. Un antropólogo, si puede hacer historia, reconstruye contextos y desenvuelve hechos, que puede incluso narrar, pero un antropólogo no se basa en fuentes documentales al realizar sus investigaciones (generalmente). Un historiador, hace historia, narra los sucesos ocurridos a través de bases teóricas y documentos.

Por ende, se aprecia que cada una se complementa exactamente en el punto débil de la otra. Eso haría, en lo que a mí concierne de la antropología histórica una ciencia más exacta y funcional. Que es lo que busca la ciencia en general siempre, el mejorar y estar más cerca de la posible verdad.

lunes, 12 de julio de 2010

"En busca de nuestra identidad"

Por Marialejandra Barrientos.
Hoy día resulta de mucha dificultad definirnos como venezolanos, buscar ese elemento que nos hace especial y distintos de otros pueblos; y es que aún en la actualidad se puede decir que venimos arrastrando las penurias de aquella época tan nefasta para este territorio como seria la época de la conquista.

Es verdad, lo que somos hoy en día se lo debemos a esa “cultura” española que llega a esta tierra a apoderarse y hacerla suya, pero bien es cierto que lo primero que llega a Venezuela es la escoria de la sociedad española, y en ella se van a sentar las bases de nuestro venezolanismo; entonces cabría preguntarse ¿En qué se sustenta nuestra cultura como venezolanos? Principalmente esta “cultura” es heredera de la España del siglo XVI, una España envuelta en guerras, la cual traía sangre de infieles (árabes y moros) y frailes mujeriegos, una España pobre que conocía y vivía de la esclavitud, una España que se encarga de trasladar todos sus vicios a esta “Tierra de Gracia”.

Es sabido que durante todo el proceso de colonización la iglesia ha tenido una influencia enorme, de hecho la religión que predomina actualmente fue la implantada por los españoles, al igual que el idioma; pero fue exactamente en el siglo XVIII en donde la iglesia, se tornó severa y trata hacer valer la “ley de Dios”, condenando así los actos considerados por la iglesia como pecaminosos. Un rasgo importante en los documentos hallados del siglo XVIII, es que la mayoría de las acciones pasionales, consideradas impuras para la iglesia, eran atribuidas a pecados carnales, al desafuero de un par de individuos, pero en pocos casos se le atribuye al amor, de hecho esta palabra era poco resonada entre el clérigo de la época. Sin embargo, a pesar de la ferviente imposición del modelo religioso, existe una trasfondo pagano en las prácticas mágico-religiosas de indígenas y negros, al igual, a pesar de la “rigurosidad” de la iglesia, en la sociedad venezolana se llevan a cabo prácticas tan condenadas por esta religión como la poligamia (que aumentaba el mestizaje), la sodomía y la misogenia (odio a las mujeres), el incesto, el bestialismo y al amancebamiento, todas ellas prohibidas por la religión, las cuales si llegaban ser descubiertas se supone que debían ser duramente condenadas.
Pero la dura condena se dio en muy pocos casos, de hecho cuando la familia era considerada de buena posición social, se intentaba no hacer mucho escándalo de estos asuntos, para que se pudieran resolver sin caer en la de la sociedad. Fue caro el precio que tuvimos (o tenemos) que pagar por el descubrimiento, la sustitución de unas costumbres, que si bien no eran perfectas, no constituían un tan alto grado de degradación social, (alcoholismo, prostitución, machismo) el cual nos deja algo en claro, que usualmente el que hace las leyes, se encarga el mismo de buscar el modo de violarlas.

Por otro lado, para colmo de males, los españoles resultaron ser personas con poco interés en el trabajo, porque este envilece, constituyendo así en Venezuela una sociedad esclavista, en donde la relación amo-esclavo es de dominación y humillación, quizá ese fue uno de los peores vicios que dejaron en el criollo, la dependencia al trabajo del otro.
También nos impusieron una “sociedad” patriarcal, empezando por la implantación de un Dios masculino, estos pueblos con dioses masculinos inventaron el pudor, el espíritu de vergüenza y el desprecio a la mujer. La historia de las mujeres se ha llegado a considerar peor que la de los esclavos, la doctrina para ese entonces propagada fue la de Aristóteles, quien consideraba a la mujer “un hombre incompleto”. Sin embargo, a pesar de la época, en Venezuela no faltó una mujer que quisiese “llevar los pantalones” en su casa, y hasta en el pueblo, llamada Doña Bárbara, famosa por demás en la literatura venezolana, quien fuese esposa de Alonso del Río y Castro, gobernador de Maracaibo.

Si, 1810, ¡somos independientes!, o ¿en realidad somos independientes?, pues claro está, ya España no es nuestra Madre, somos más como sus hermanos, pero el reino anglosajón nos quiere adoptar. Miremos por fin a la libertad absoluta, a la verdadera independencia, en donde nos sintamos orgullos de ser mestizos y de haber sido un pueblo indígena; en donde no nos limitemos a ser venezolanos porque somos católicos o porque hablamos castellano, ya no, eso no nos identifica. Busquemos en el corazón de la Venezuela viva y hallemos el verdadero clamor de su luz.
Marialejandra Barrientos
C.I.: 20335298

martes, 29 de junio de 2010

"El proyecto nacional como un acto de fe"

Por: Javier Véliz

La separación con la República de Colombia fue, en gran medida un acto de fe. La desavenencia de la ideología liberal, que se vio así misma como entrampada dentro del proyecto Gran Colombino, fue decisiva. La desconfianza que suscitaron las propuestas integracionistas con claros matices conservadores, precipitaron la salida de las provincias venezolanas del pacto. La confianza en un proyecto nacional diferente al soñado por Bolívar vendría a orquestar el ruedo político de, prácticamente, la totalidad del siglo XIX.

Fue un acto de fe, insisto, por la clara falta de perspicacia de los líderes militares de aquel momento quienes ganaban plazas en nombre de la independencia solo para volver a perderlas momentos después, produciendo en las gentes un alarmante efecto de incertidumbre. Fue un acto de fe pues desconfiaron en la integración Gran Colombina para confiar en la propia, aún conociendo el profundo regionalismo que predominaba en las provincias. Fue confianza ciega en las leyes, tal cual exhortaba el mismo Paez en defensa de las instituciones y en la Constitución recientemente creada y, finalmente, fue un acto de fe al confiar de forma plena en las virtudes del pensamiento ilustrado como en la panacea que llegaba desde Europa a curar todos los males de una sociedad vista como atrasada y supersticiosa.

Así, la Carta Magna sería como el libro sagrado de donde se sostendrían los corazones esperanzados en un proyecto de integración nacional y los magistrados y todas aquellas personalidades ligadas al desempeño de la labor pública se constituirían en apóstoles de la nueva fe, encargados de mantener vivo el apego a la legislación y el respeto a las instituciones.

Demasiada fe, quizás, en el desempeño de aquellas personalidades que el tiempo y las circunstancias se encargarían de revelar como pobres de espíritu, escasos, ellos mismos, de aquella fe que auspiciaban.

Mirla Alcibíades[1] nos cuenta como la prensa escrita fue decisiva para destronar la confianza que, desde el imaginario público, se tenía en la actuación de los magistrados. Era común encontrar en los periódicos, artículos que manifestaban públicamente la indignación que sentían algunos conciudadanos ante las acciones de ciertos personeros públicos de quienes se esperaba un comportamiento intachable.

Poco a poco la fe en las instituciones y en la Constitución fue menguando ante la clara falta de compromiso, la manifiesta corrupción y el comportamiento descarado de aquellos en quienes el pueblo depositó su confianza para la conducción del naciente país.

Finalmente, la Constitución misma quedaría herida de muerte cuando, en el frustrado alzamiento de Monagas, el magisterio opte por una salida diplomática en vez del duro castigo ejemplarizante prescrito en la legislación.

Es en tal panorama cuando aparece el concepto de la Moral como el nuevo paradigma que conduciría a buen término el destino de la nación.

La Moral, como concepto difuso entre la ética y la virtud, acarrea dentro de sí la promesa de “orden y progreso”, el triunfo de la razón y, de nuevo, la fe en las instituciones. Europea en sus orígenes, la moral de los individuos como valor simbólico se asentó en el país en el momento mismo en que la fe en la legislación declinaba. De alguna manera, la moral se convirtió en el elemento indispensable para lograr el proyecto nacional, de forma tal que el fracaso de la Constitución se entendió como a la falta de un verdadero espíritu noble –nobleza, claro está, que sólo era posible alcanzar a través de la moral.

A esta época de compromiso moral, para Germán Carrera Damas[2] se adjunta todo un nuevo impulso progresista que, viviría su punto álgido con la llegada al poder de Antonio Guzmán Blanco. El “Ilustre Americano” no sólo convendría en usar la moral para dar alcance al proyecto patrio, sino también se esforzaría por traer el pensamiento ilustrado europeo del cual, él mismo, estaba imbuido.

Un nuevo salto de fe alzaría el vuelo. Fe, esta vez, en la razón como única vía válida para alcanzar el progreso. Una fe, vale aclarar, celosa de su templo y que buscaría desbancar a otras creencias de tradición más antigua, como lo fue la religión católica. De allí la clara y, a veces, agresiva actitud anti-clerical del guzmanato. Una actitud quizás demasiado impetuosa y que, como revelaría la historia de ese período, debió finalmente de replegarse y ceder espacios.

Tristemente, esta nueva confianza que buscaba asiento y asidero en los ecos del “moral y luces” del Libertador, era impuesta a una gente que en su mayoría seguía arrastrando las viejas penurias que les legó un pasado lleno de guerras y desaciertos políticos y económicos. El “Culto a Bolívar” vendría a disputarse con el catolicismo un espacio en el corazón desconsolado de los venezolanos, complementado, quizás, las antiguas, pero aún vigentes promesas de un Cristo caritativo y sus improbables bienaventuranzas.

Javier Véliz

[1] En La heroica aventura de construir una nación: familia y nación en el ochocientos venezolano (2004).
[2] Formulación definitiva del proyecto nacional: 1870-1900 (1988).

lunes, 21 de junio de 2010

"Navega Venezuela: el nacimiento y travesía de una nación"

Por Edgar Hernández


Venezuela 1830, observamos a un singular personaje dirigiendo una alocución a un grupo de personas que asemejaban a desesperados marineros, tripulantes de un barco a la deriva, en medio de una tormenta, ávidos de una solución que los lleve a puesto seguro. Se buscaba dejar atrás las heridas y huellas que dejaba la guerra de independencia y este personaje, que intentaba calcar en la mente de todos, un sentimiento nacionalista e institucional, no es otro que el General Páez. Su discurso fue de tal grado y causó tan profunda impresión que se creyó que tan solo con la fórmula de una constitución eficaz se conseguiría el remedio a tantos males que se cebaban en la patria y su sociedad.

Entre tanto desespero se buscaba que el venezolano retomara la confianza (si es que alguna vez la tuvo) en las leyes e instituciones. Fue creciendo, y esto es indudable, un sentimiento de que si era posible todo aquello que se proclamaba, es entonces que se apela a sentimiento nacional, a las buenas costumbres, a la mística en lo que se hacia, los periódicos de la época cumplían un rol de educación y vigilancia, puesto que denunciaba cualquier exceso o falta de los funcionarios públicos, llevaba de primera mano lo que ocurría en las esferas gubernamentales, despertando el interés tanto de ilustrados como en el pueblo hacia todo lo concerniente al gobierno. Bastaría tan solo cinco años para que esa confianza, esa crítica colectiva, ese sentimiento, fuese derribado por un golpe de Estado certero a la figura del doctor José María Vargas, y la impunidad con que se paseaban sus ejecutores. Esto dio germen a un creciente descontento popular, que se reflejaba en el quehacer cotidiano, se había perdido la fe, esto lo hacia doble mente peligroso, para restaurar la confianza perdida en la justicia y leyes, el gobierno recurre a la obligación de apelar a la moral en sus discursos, como intento de recuperar y corregir el rumbo, en un barco que amenaza con escorar, con una tripulación cada vez con alma de amotinados.

La moral se convierte en el instrumento de salvación, en la brújula que guiara el barco, que lo conduciría a aguas seguras y calmas, y que dejaría atrás las aguas turbulentas del desorden e inestabilidad de pasados tiempos, para así llegar sin contra tiempo a puerto seguro, progreso y modernización, es entonces que la moral constituye el común denominador que describe las relaciones en la sociedad en esta parte de la segunda mitad del siglo XIX.

Pero lejos de navegar por aguas calmas y seguras, de llegar a un puerto seguro, se sigue navegando a otros puertos, en aguas cada vez más inestables, así como el barco transita por un aparente sin fin de diversos mares, así la patria se convertirá en un país portátil, que pasara de periodo en periodos, siempre buscando un puerto donde desatar sus amarras, a veces movidos por un sentimiento patriótico, a veces por el egoísmo y otros simplemente por cansancio.

Bajo este sentimiento hace su aparición la Guerra Federal, guerra cruenta, donde en comparación con guerras similares que duraron mas tiempo (por ejemplo la guerra de los 100 años que duró 117 años) su corta duración es inversamente proporcional a la cantidad de víctimas y desmanes que amenaza de nuevo encallar al país. En ella la creciente burguesía deseaba romper con todo aquello que significaba ventaja en los mantuanos coloniales. Gobiernos y gobernantes venían y se iban. Personajes como Zamora, “El Mocho” Hernández, etc. Aparecen en la escenografía nacional, como ya se dijo algunos con sentimientos nobles, otros con deseos, egoísmos y bajas pasiones. Lo cierto es que la sociedad desesperada por el futuro y el presente que avizoraba y sufría, pedía a gritos cambios que hicieran salir al país del rumbo directo hacia el acantilado del desastre eterno. Se producirá un cambio en la jefatura conservadora, un nuevo capitán, con nuevas ideas, que ahora si lleve al barco a tan anhelado puerto, es ahora el turno al liberalismo de tomar el timón, de conducir la nave, sus objetivo tan prolijamente enunciados, prometían impulsar la modernización en el proyecto nacional “Orden y progreso” con esto se inicia la etapa de construcción de la sociedad liberal que fue suscrita por la Asamblea Constituyente bajo la jefatura de Antonio Guzmán Blanco.

Nuestro peculiar barco enarbola ahora las banderas del liberalismo (o se simulaba) conducida por el General Falcón, se institucionaliza un estado de características liberales. En la Venezuela de 1870 todo parecía faltar: carecía de una productividad eficiente, de obras públicas, de infraestructura, la población es escasa, la educación pobre, ¿Cómo podía un país sostenerse así?, ¿Es esta Venezuela la que fue soñada por los libertadores? El país parecía al contrario una pesadilla vil mente ejecutada. Se desata una revolución “la de Abril” y el tan ansiado “orden y progreso” puede ponerse por fin en práctica en las manos de Guzmán Blanco, época de grandes construcciones, de impulsos y conquistas, pero como siempre se olvidan intencionalmente de los sectores populares o en verdad, no los olvidan y detienen todo resurgir de esta clase social, solo la burguesía se encumbre económicamente y políticamente, se le da un alto a la marcha sin freno de la avaricia religiosa, se le expropia de muchos terrenos y propiedades. En el orden económico, Venezuela entra en el sistema capitalista mundial, se podría decir que el país se inscribe finalmente en la conciencia liberal y el conservadurismo junto con la Iglesia perderá su poder.

Pero estas borrascas que anuncian tormenta están lejos de fenecer, en los gobiernos subsiguientes se pretenderá volver al control, se intentara que la Iglesia recupere el control y su poder, la muerte sorprenderá a su capitán Linares, y ese intento durar solo dos años cuando aparecerá de nuevo la figura de Guzmán Blanco dándole carácter definitivo a la muerte del conservadurismo.

Desde entonces vivimos una época signada por el positivismo y el culto a Bolívar, (señores ambos todo poderosos) que marcaran el rumbo errante de nuestro querido barco, y que se arraigo en la mente de la sociedad venezolana, el final del siglo XIX y el nefasto siglo XX serán testigo de ello.

¿Y que a pasado con nuestro singular barco en este comienzo del siglo XXI? Aun podemos verlo, maltrecho, con muchas velas rotas, navegando por aguas turbulentas, aun con el sueño de un capitán que lo lleve definitivamente a puerto seguro.

Edgar Hernández C.I. 6200.461